La videollamada se convirtió en nuestra nueva plaza del pueblo

La videollamada se convirtió en nuestra nueva plaza del pueblo

Mi madre aprendió a hacer videollamadas a los 68 años, empujada por una mudanza que puso un océano entre ella y sus nietos. Hoy maneja tres aplicaciones distintas, sabe girar la cámara para mostrar el limonero del patio y corta la llamada con un “bueno, te dejo” idéntico al que usaba en el teléfono fijo de los años noventa. Lo que a mi generación le pareció una tecnología, a la suya le pareció simplemente la continuación de algo muy viejo: sentarse a conversar con alguien mirándolo a la cara.

De evento especial a vida cotidiana

Los números acompañan la anécdota. Según la CEPAL, el acceso a internet en América Latina prácticamente se duplicó en los últimos años, y las brechas entre hogares de mayores y menores ingresos se han ido reduciendo (CEPAL). Todavía queda mucha zona rural desconectada y mucha conexión de mala calidad, es cierto. Pero el salto cultural ya ocurrió: para millones de familias repartidas entre Buenos Aires y Madrid, entre Bogotá y Miami, entre Caracas y Santiago, la videollamada dejó de ser un evento especial y pasó a ser el lugar donde transcurre la vida cotidiana.

Se cocina con la abuela en pantalla. Se ayuda con la tarea desde otro país. Se vela y se celebra a distancia. Las videollamadas en línea se convirtieron en la infraestructura emocional de la diáspora hispanohablante, y nadie firmó un decreto: simplemente pasó.

Conocer gente nueva por videollamada, no solo saludar a la familia

Lo que me parece más interesante es lo que vino después de la familia. Porque una vez que hablarle a una pantalla se volvió natural, la pantalla dejó de reservarse para la gente que ya conocíamos. Hoy existen plataformas de videollamada con mujeres y hombres de cualquier parte del mundo, donde uno elige con quién conversar por afinidad: el mismo idioma que se quiere practicar, la misma música, la misma serie, las mismas ganas de discutir sobre fútbol con alguien que defiende otros colores.

El gesto es antiguo, aunque la tecnología sea nueva. Es la plaza del pueblo, el banco de la esquina, la sobremesa larga; solamente que la plaza ahora no tiene geografía. Y a diferencia de las redes sociales de siempre, aquí no se acumulan seguidores ni se publica nada: se conversa en tiempo real, de a dos, con cámara. Un formato tan viejo como la especie.

Por qué el chat de video le gana al mensaje escrito

Alguien dirá que una conversación por pantalla vale menos que una en persona, y en parte tendrá razón. Pero conviene comparar con honestidad: la alternativa real de una videollamada casi nunca es un café en persona. Es un mensaje de texto, un audio de cuarenta segundos, un emoji de respuesta. Contra eso compite la videollamada, y contra eso gana siempre.

La voz que titubea, la risa que se escapa antes del chiste, la cara de quien escucha una mala noticia: nada de eso viaja en un chat escrito, por muchos signos de exclamación que le pongamos. Media conversación humana ocurre fuera de las palabras, y el video es el único formato digital que transporta esa mitad.

No pretendo venderle a nadie un futuro luminoso de conexión universal. La mitad de mi familia sigue colgando la llamada con el pulgar en la cámara. Pero cuando escucho decir que la tecnología nos aísla, pienso en el limonero del patio de mi madre, que ya conocen tres nietos que jamás lo han tocado, y me parece que la frase describe mal la época. Nos aísla el scroll, quizás. La conversación con cámara hace exactamente lo contrario: nos devuelve la cara del otro.

Que era, al final, lo único que la plaza del pueblo siempre tuvo para ofrecer.

Preguntas frecuentes sobre las videollamadas

¿Se puede conocer gente nueva por videollamada? Sí. Además de las aplicaciones familiares de siempre, existen plataformas donde se elige con quién hablar según intereses compartidos — idioma, música, series, deporte — y la conversación ocurre en vivo, con cámara.

¿Qué se necesita para una buena videollamada? Menos de lo que parece: conexión estable, luz de frente (una ventana o una lámpara), y auriculares para que el audio no rebote. La cámara del teléfono es más que suficiente.

¿Las videollamadas reemplazan el encuentro en persona? No, y no hace falta que lo hagan. Reemplazan al chat escrito y al audio suelto, que es contra lo que realmente compiten en el día a día. El café en persona sigue siendo el café en persona.


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